Nuevas direcciones en psicología y salud cardiovascular

HeartSkyLas enfermedades cardiovasculares son la primera causa de muerte a nivel global. Según datos de la Organización Mundial de la Salud, 17.3 millones de personas murieron debido a enfermedades cardiovasculares en 2008; y este mismo organismo estima que en 2030 la cifra podría llegar a los 23.3 millones de personas. Por sorprendente que pueda parecer, a veces da la sensación de que nuestra capacidad para curar o revertir el curso de enfermedades ya declaradas es mucho mayor que nuestra capacidad para prevenirlas. Y es que la prevención en el ámbito de la salud cardiovascular pasa, en gran medida, no sólo por proporcionar información a la población sobre hábitos saludables y conductas de riesgo, sino que también requiere el cambio de los malos hábitos y su sustitución por otras alternativas más convenientes. Mantener una dieta equilibrada, realizar el ejercicio físico apropiado según la edad, o someterse a revisiones médicas con regularidad son conductas seguramente valoradas como positivas por muchos, pero que no tantos son capaces de poner en marcha. Más complicado aún puede ser el dejar atrás viejas prácticas poco recomendables, como el hábito de fumar o la costumbre de permanecer horas frente al televisor “degustando” snacks. Los psicólogos tienen un importante papel a la hora de promover un cambio de actitudes y comportamientos en la dirección adecuada.

Pero, posiblemente, la dificultad mayor para este cambio no estriba en el individuo concreto, sino en el ritmo apresurado de vida dentro del cual éste se desenvuelve… y que explica que muchos de sus comportamientos no sean saludables, aunque sí -en alguna medida- comprensibles. Las investigaciones iniciales sobre las relaciones entre salud cardiovascular y factores psicológicos adoptaron una perspectiva decididamente individualista e internalista. El patrón “Tipo A” de personalidad, caracterizado por la impaciencia y el sentido de urgencia temporal, la competitividad y la hostilidad, fue identificado como un factor de riesgo para el desencadenamiento de problemas coronarios. Sin embargo, hoy en día el foco parece haberse ampliado, y ya no apunta en exclusiva al individuo, sino también a la forma o estilo de vida que compartimos. Es decir, que hemos ampliado el número de factores a incluir en nuestras explicaciones sobre el riesgo cardiovascular, incluyendo algunos de carácter psicosocial que interactúan con elementos biológicos y personales.

Al mismo tiempo, el interés de la psicología de la salud ha ido más allá de la enfermedad cardíaca, y ha sumado a sus análisis otras problemáticas relacionadas con el sistema circulatorio. Unido a ello, ha prestado atención, además, a aquellos procesos -inflamatorios, metabólicos, de regulación del sueño, etc.- que de una u otra forma pueden estar implicados en las enfermedades cardiovasculares.

Un artículo reciente de Karen Matthews, investigadora de la Universidad de Pittsburgh, ha sintetizado en tres grandes líneas el rumbo de la psicología de la salud actual, en relación con la salud cardiovascular.

  • En primer lugar, la investigación continúa tratando de identificar factores psicosociales que estén relacionados con las enfermedades cardiovasculares, así como el mecanismo que une a los primeros con las segundas. En este sentido, el marco de referencia sigue siendo la hipótesis de la reactividad cardiovascular, según la cual la clave estaría en una respuesta cardiovascular y neuroendocrina exagerada ante el estrés. Ahora bien, los nuevos avances provienen en gran medida de un planteamiento más sutil. Hoy en día se puede investigar no sólo la relación entre variables psicosociales y enfermedad cardiovascular, sino entre dichas variables (hostilidad, apoyo social, estrés) y las formas subclínicas o pre-clínicas de la enfermedad (p. ej. la arterioesclerosis en las carótidas, que podría desembocar en un accidente cerebrovascular).
  • Un segundo avance tiene un marcado carácter metodológico y deriva del uso de modelos multinivel en la investigación.  Éstos han permitido dar el salto del análisis centrado en el individuo a la incorporación de factores socioambientales, genéticos y neurobiológicos, dando lugar a modelos más complejos acerca de las relaciones entre comportamiento y salud cardiovascular.
  • Finalmente, la tercera tendencia de la investigación actual en este ámbito consiste en adoptar la perspectiva del ciclo vital a la hora de analizar cómo se relacionan factores psicológicos y enfermedad cardiovascular. No es raro, desde esta aproximación, llevar a cabo estudios que consideren variables de la infancia y adolescencia -aunque nos pueda parecer que esta población aún está lejos de sufrir enfermedades coronarias-, ya que muchas enfermedades cardiovasculares siguen un modelo de desarrollo insidioso a lo largo de la vida de una persona. En este sentido la confluencia de la psicología de la salud y la psicología del desarrollo puede tener un enorme potencial de cara a la prevención de enfermedades cardiovasculares.

No obstante, estas tres líneas de avance en la investigación no han de percibirse como tres áreas completamente independientes. Los factores de riesgo potencial, las variables psicosociales y el desarrollo a lo largo del ciclo vital pueden -y deben- analizarse conjuntamente, ya que en realidad se trata de elementos que interaccionan unos con otros. Un ejemplo de ello es la gráfica siguiente, tomada del Global Atlas on Cardiovascular Disease Prevention and Control de la Organización Mundial de la Salud (2011). En ella se puede ver cómo, tomando en cuenta datos de distintos países (nivel de análisis macro-social),  en los niños (perspectiva del desarrollo) existe una asociación entre el número de horas de exposición a anuncios de TV sobre comida no saludable (variable ambiental) y el sobrepeso (factor de riesgo cardiovascular).

Fuente: OMS (2011)

Fuente: OMS (2011)

En definitiva, el artículo de Matthews (2013) nos pone sobre la pista de las nuevas direcciones que se observan en un tema ya clásico: la asociación entre factores psicológicos y salud cardiovascular. Parece que en este ámbito, el papel de la psicología puede ser decisivo en la promoción de hábitos saludables y la modificación de conductas de riesgo. Éste es un reto sobre el que aún queda mucho por hacer, y en el que posiblemente, se debería intervenir no sólo a nivel individual, sino -de acuerdo con los nuevos avances- también a nivel comunitario y de salud pública. La investigación reciente, además de proporcionarnos una visión más compleja del papel de las variables psicosociales en la salud, nos señala -al menos- dos áreas a tener en cuenta. Una, la interacción entre el individuo concreto y aquellas variables de su entorno que pueden incrementar el riesgo de enfermedad. Otra, la necesidad de no olvidar que la salud cardiovascular del adulto empieza a gestarse ya en la infancia y adolescencia.

Posiblemente, fruto de estas nuevas investigaciones, en un futuro próximo se pongan en marcha programas preventivos interdisciplinares cada vez más complejos y efectivos, que ayuden a reducir la elevada mortalidad que aún hoy en día se asocia a las enfermedades cardiovasculares. Y es seguro que los psicólogos tendrán mucho que decir en la configuración de tales programas.

Foto de encabezamiento: Love heart over the harbour Arm, by Oast House Archive

Referencia:

ResearchBlogging.orgMatthews, K (2013). Matters of the heart: advancing psychological perspectives on cardiovascular diseases Perspectives on Psychological Science, 8 (6), 676-678 DOI: 10.1177/1745691613506908

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