Salud mental y pobreza (III): la infancia como etapa crítica

PovertyChildrenLa pobreza supone un conglomerado de desafíos para la salud mental de aquellos que viven en esta dramática situación. En ocasiones anteriores comentaba algunos aspectos de esta asociación. En primer lugar, parece que existe una lógica circular entre ambos tipos de problemas: las dificultades socioeconómicas entrañan riesgos psicológicos, pero también los problemas de salud mental -por diversas razones- aumentan el riesgo de cruzar la línea de la pobreza. Esta situación, como se apuntaba en un segundo post, es más grave aún si cabe en los países en vías de desarrollo, donde a la crudeza del problema se une la falta de profesionales y recursos para hacerle frente. No obstante, algunas iniciativas comunitarias que ya están en marcha pueden contribuir a que las personas pobres y con problema de salud mental reciban la ayuda que necesitan.

El foco de este tercer artículo de la serie es la infancia. Si la situación de pobreza es dura para cualquier adulto, más aún lo es para un colectivo tan vulnerable como son los niños. Es fácil imaginar cómo el estrés asociado a la pobreza puede impactar en su estado emocional y en su salud psicológica. Pero, aún más, la infancia -al tratarse de una etapa crítica para el desarrollo- también es clave para la salud mental del futuro adulto. En este sentido, sufrir condiciones socioeconómicas adversas cuando se es un niño podría comprometer la salud psicológica cuando se llega a la edad adulta.

Gary Evans y Rochelle Cassells, de la Universidad de Cornell, han investigado la posible conexión entre estar sometido a una situación de pobreza en la infancia y experimentar problemas de salud mental al inicio de la edad adulta. Los investigadores, además, postulan un mecanismo explicativo para esta asociación: en los años que median entre la infancia temprana y el comienzo de la edad adulta, los niños socioeconómicamente deprivados están sometidos a una mayor cantidad de riesgos para la salud mental.

Para comprobar sus hipótesis, Evans y Cassells (2013) llevaron a cabo un estudio longitudinal, en el que recogieron información en tres momentos. Primero, cuando los niños participantes en el estudio tenían aproximadamente 9 años. En este punto, los investigadores calcularon la proporción de tiempo que los niños habían pasado en situación de pobreza, desde su nacimiento hasta el momento de la recogida de datos. De manera remarcable, el 50% de esta muestra, que provenía del ámbito rural norteamericano, se encontraba justo en el umbral de la pobreza o por debajo de él.

En el segundo momento de recogida de datos, los niños participantes tenían en torno a los 13 años de edad. En esta ocasión, se evaluó el número de factores de riesgo para la salud mental a que estaban expuestos estos niños, ya adolescentes. En concreto, se tomó información acerca del grado de exposición a riesgos físicos, como ruidos, hacinamiento y problemas de vivienda, y sobre la presencia de riesgos psicosociales, como conflictos familiares, separación del grupo familiar y exposición a la violencia.

Finalmente, en el tercer momento de recogida de datos, los integrantes de la muestra se encontraban ya al inicio de su etapa adulta, con una edad que rondaba los 17 años. Esta vez, los investigadores usaron el Youth Self-Report Inventory para obtener una medida del grado en que los participantes presentaban síntomas de internalización -problemas de relación, quejas somáticas, ansiedad/depresión- y externalización -conducta delictiva y comportamiento agresivo-. También en este tercer momento, y mediante una tarea que implicaba poner a prueba las percepciones de control de estos jóvenes adultos, se evaluó el grado de indefensión aprendida que presentaban los participantes. La muestra sobre la que se llevaron a cabo los análisis, según reportan los autores, estaba integrada por 196 participantes -con una proporción de niños y niñas casi al 50%-, para los que se disponía de información completa en los tres momentos de medición.

Los datos señalaron que, tal y como se esperaba, la proporción de tiempo pasada en situación de pobreza en la infancia -hasta alrededor de los 9 años- era un predictor significativo de la existencia de problemas psicológicos en el comienzo de la edad adulta -esto es, hacia los 17-. En concreto, la deprivación socioeconómica infantil aparecía asociada a una mayor presencia de síntomas de externalización e indefensión aprendida en la juventud. Sin embargo, esta relación no se producía con respecto a los síntomas de internalización, algo que no obstante -según comentan los autores- iría en la línea de la evidencia mixta encontrada en estudios previos a propósito de esta asociación.

La exposición a un alto número de factores de riesgo en la adolescencia parece jugar un papel clave en la conexión entre pobreza infantil y salud mental del joven adulto. Cuanto más tiempo había permanecido en la pobreza el niño de 9 años, mayor era su exposición a riesgos para la salud mental a los 13 años. Además, estar expuesto a más factores de riesgo en la adolescencia aparecía conectado a su vez con la presencia de síntomas de externalización e indefensión a los 17 años. De hecho, la acumulación de factores de riesgo en la adolescencia mediaba en alguna medida la asociación entre pobreza infantil y los dos problemas psicológicos mencionados.

Fuente: Evans & Cassells (2013)

Fuente: Evans & Cassells (2013)

El estudio de Evans y Cassells (2013) es un ejemplo de cómo la investigación psicológica, cada vez más, trata de dar respuesta a los problemas concretos que se dan en nuestra sociedad y a nivel global, como es el caso de la pobreza. Por otra parte, los determinantes de la salud mental son complejos, y por supuesto, incluyen factores ambientales y contextuales, como son las condiciones socioeconómicas en las que uno se ha de desenvolver. En este sentido, nuestra ciencia puede tener un papel clave en el análisis -y ojalá también- la resolución de problemas sociales como la pobreza, y en especial la pobreza infantil, que suponen un riesgo para la salud del individuo.

La psicología puede contribuir mucho a la reflexión acerca de cómo la pobreza puede modificar dimensiones críticas de los contextos personales, familiares y comunitarios que los niños necesitan para desarrollarse de forma saludable” (Evans y Cassells, 2013)

Foto de encabezamiento: Vile Parle railway station, by Kent Clark

Referencia:
ResearchBlogging.orgEvans G.W, & Cassells, R.C (2013). Childhood Poverty, Cumulative Risk Exposure, and Mental Health in Emerging Adults Clinical Psychological Science, xx(x), 1-10 DOI: 10.1177/2167702613501496

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