Altruismo y reciprocidad en la infancia

Big&SmallEl mito del buen salvaje dice que nacemos en un estado de inocencia, que somos “buenos” por naturaleza, y que la inserción en una sociedad artificial y decadente va deteriorando esta personalidad naïf y a la vez encantadora, a medida que crecemos. Pero, ¿es realmente un “mito”? Un estudio aparecido en Nature el pasado año indicaba que nuestro primer impulso, cuando no nos paramos mucho a pensar, es el de cooperar con nuestros semejantes; mientras que cuando somos reflexivos y tomamos las decisiones lentamente -cuando nos paramos a pensar y reparamos en los costes-, entonces ya no mostramos un comportamiento tan prosocial. Parecería como si nuestro “buen salvaje interior” aún pugnara por salir a la superficie, en aquellos momentos en que nuestras calculadoras capacidades reflexivas no están al tanto para hacer de contrapeso. Una nueva investigación nos vuelve a mostrar la cara amable de nuestra naturaleza, y apunta a que, desde nuestra más tierna infancia, tendemos a ser generosos y altruistas. Aunque, por otra parte, como avisara Rousseau, “desde los primeros pasos ya nos apartamos de la naturaleza”.

Sabemos que hacia los dos o tres años, los niños empiezan a ayudar a los demás y a compartir con ellos sus recursos. Por otra parte, al menos en los adultos, la reciprocidad juega un papel muy importante a la hora de decidir con quién se coopera, a quién se presta auxilio y a qué personas cedemos nuestros bienes, aunque esta afirmación requiere ciertos matices en función del contexto. Pero, ¿ocurre lo mismo en niños? ¿qué papel juega la reciprocidad en su comportamiento altruista? Según señalan Felix Warneken y Michael Tomasello, de la Universidad de Harvard y el Instituto Max Planck de Antropología Evolutiva, respectivamente, caben tres posibilidades.

Una, que la reciprocidad sea la norma que guía la conducta altruista desde la más tierna infancia, de forma que esta regla funcione como una suerte de mecanismo que evite que -ya desde pequeños- seamos “explotados” por aquellos que participan en el juego social de forma egoísta o no-cooperadora. Una segunda posibilidad es que de partida nos comportemos de manera altruista y que la regla de la reciprocidad venga a mediar más tarde en nuestras conductas prosociales. De ser así, lo esperable es que los niños -al menos aquellos más pequeños- se comporten de forma altruista con independencia de que sus interlocutores muestren o no la misma tendencia cooperadora, y que a medida que vayan adquiriendo mayor edad esta tendencia altruista se vaya haciendo más selectiva, en función de que los demás respondan o no de forma congruente al intercambio de favores. Finalmente, una tercera posibilidad sería que, en realidad, la regla de la reciprocidad no influyera para nada en la conducta prosocial de los niños, es decir, que fuera irrelevante.

Para tratar de verificar cuál de las tres alternativas recibía mayor apoyo empírico, los investigadores llevaron a cabo un experimento. En él dos grupos de 36 niños, de 2.5 años y 3.5 años, participaban en dos tipos de tareas, en las que tenían la oportunidad de ayudar a un interlocutor (una marioneta manejada por un experimentador) o compartir sus recursos con él. Con el fin de generar las condiciones necesarias para testar el papel de la reciprocidad, previamente este interlocutor había ayudado o compartido con el niño (interlocutor cooperador), o no lo había hecho. Cuando el interlocutor actuaba de forma no-cooperadora, los investigadores introdujeron además dos posibilidades. En una de ellas simplemente el interlocutor no se comportaba de manera altruista, sin mediar palabra. En la otra, el interlocutor expresaba verbalmente su rechazo a ayudar o compartir con el niño.

Los resultados obtenidos apoyaron la hipótesis que afirmaba que la reciprocidad es algo secundario, es decir, que los niños se comportan inicialmente de forma altruista y no es hasta que tienen cierta edad cuando empiezan a matizar su comportamiento prosocial en función de la regla de reciprocidad. En este sentido, los niños más pequeños se mostraban altruistas y ayudaban y compartían con su interlocutor, incluso aunque no pudieran esperar de éste el mismo pago. Así, en la tarea de proporcionar ayuda, los niños se mostraban cooperadores con el interlocutor, casi a niveles máximos, independientemente del grado de reciprocidad mostrada por éste. En la tarea que implicaba compartir recursos, sin embargo, había matices. Los niños de 2.5 años se mostraban altruistas, pero en el grupo de 3.5 años la reciprocidad del interlocutor ya era algo que se tenía en cuenta. En este grupo, la tendencia a comportarse de forma altruista era mayor cuando el interlocutor lo había sido. En cambio, los niños presentaban una menor tendencia a compartir cuando el interlocutor expresamente había manifestado su rechazo a cooperar; mientras que cuando éste, sin más, no había cooperado -es decir, no había hecho una declaración verbal al respecto- los niños mostraban una tendencia intermedia a cooperar con el compañero no-altruista.

En la ontogenia, ayudar y compartir parecen emerger antes de que los niños empiecen a preocuparse por la reciprocidad directa. Más tarde en el desarrollo, parece que llegan a ser más sensibles a la reciprocidad, ajustando su conducta prosocial de acuerdo a ella. Este patrón de desarrollo tiene sentido porque los niños de 2 años probablemente viven, principalmente, en un entorno que los protege de ser explotados por miembros extraños a la familia; mientras que necesitan estar más vigilantes más tarde en la vida, posiblemente cuando la interacción con los pares es más frecuente. (…) la “madre naturaleza” arranca con las tendencias prosociales, que emergen tempranamente, y las estrategias de reciprocidad se desarrollan a lo largo de la ontogenia para hacer la conducta prosocial más selectiva.” (Warneken y Tomasello, 2013)

Los autores discuten además dos interesantes cuestiones. ¿Por qué la reciprocidad parece afectar antes a la conducta de compartir que a la de ayudar? y ¿Por qué el rechazo verbal a cooperar manifestado por el interlocutor influye en la conducta de los niños? Con respecto al primer interrogante, Warneken y Tomasello argumentan que posiblemente, compartir tiene un mayor coste que ayudar, ya que lo primero implica dar a otra persona recursos propios, perdiéndolos uno mismo. En relación a la segunda cuestión, parece que -en ausencia de información verbal clara sobre las intenciones del interlocutor- los niños tienden a concederle el “beneficio de la duda”; es decir, que cuando observan un comportamiento no-altruista sin más, dejan la puerta abierta a que ésto sea simplemente un error o algo casual.

Otro resultado interesante, y remarcado por los autores, es que las niñas se comportaban de manera más altruista -tendían a proporcionar más ayuda y a compartir más- que los niños. El mayor nivel de conducta prosocial de las mujeres, en comparación con los hombres, es algo consistente con otros estudios. No obstante, este resultado parece apuntar además a que dichas diferencias entre géneros se producen ya de forma muy temprana.

Más allá de sus implicaciones para la psicología del desarrollo, los resultados de Warneken y Tomasello nos inducen en cierto modo a admirar la naturaleza de esos “buenos salvajes” que parecen ser los niños, no sin cierta nostalgia. Parece que, en algún momento en nuestro desarrollo, dejamos de ayudar a los demás y compartir con ellos a manos llenas, para aplicar una estricta contabilidad que regula el mercado de favores e intercambio de recursos. Por supuesto, esto no es necesariamente negativo. Como numerosos autores han sugerido y sus investigaciones han avalado empíricamente, la reciprocidad es una de las bases de la cooperación interpersonal. Tendemos a cooperar con quien coopera con nosotros, lo que refuerza los vínculos y las redes de colaboración, y “castigamos” sin nuestra ayuda a quienes muestran comportamientos egoístas, lo que tendría el efecto de reducir la prevalencia de tales comportamientos. La regla de la reciprocidad es en cierto modo adaptativa para el grupo social.

A pesar de ello, uno no deja de preguntarse si esa misma regla es la que también, en torno a los tres años y medio de vida, nos saca de nuestro estado de inocencia original, y si esta pauta evolutiva es similar en otras sociedades y culturas, quizá menos “mercantilizadas” que la nuestra.

Puedes acceder al texto completo de Warneken y Tomasello (2013) aquí.

Foto de encabezamiento: Big & Small, by Christos Kalohoridis/Kindle Entertainment, derivative work by Adam Cuerden.Tomada de Wikimedia Commons.

Referencia:

ResearchBlogging.orgWarneken F, & Tomasello M (2013). The emergence of contingent reciprocity in young children. Journal of experimental child psychology, 116 (2), 338-50 PMID: 23917162