La comunicación química de emociones en humanos

EmocionesJean-Baptiste Grenouille, el protagonista de la novela de Patrick Süskind El Perfume, tiene un don: un sentido del olfato hiperdesarrollado. Su materia prima para conocer el mundo que le rodea son los olores que éste desprende. Y también se acerca así a su mundo social. Grenouille puede llegar a conocer “la esencia” más profunda de alguien con tan sólo olisquear superficialmente el rastro que deja al pasar. Gracias a su privilegiada nariz, y a la quimioseñalización espontánea de aquellos con quienes se cruza, recibe una cantidad ingente de información acerca de sus congéneres. Sin embargo, su tragedia es que él mismo carece de un olor propio. Jean-Baptiste no tiene “voz” en este intercambio de mensajes olfativos. Es un personaje al que otros no pueden rastrear, alguien sin identidad social. Bien, hasta que logra dominar el arte de fabricar perfumes, y con él, uno de los más complejos juegos comunicativos que existen, el de la manipulación de su imagen personal.

Es claro que el caso de Jean-Baptiste Grenouille es una ficción. Sin embargo, ¿cómo es la quimioseñalización entre humanos? ¿O es algo reservado a sus “mejores amigos”, los cánidos, y a otros animales con un olfato más desarrollado? Pues bien, en el campo de la investigación social se empieza a considerar seriamente que la comunicación humana ocurre de manera multimodal, y que más allá de los “canales estrella”, la visión y la audición, otros sentidos como el olfato, el gusto y el tacto también desempeñan su papel en la transmisión de mensajes entre personas. Una breve contribución publicada el pasado mes en Trends in Cognitive Sciences, firmada por Gün Semin y Jasper de Groot, revisa algunas evidencias disponibles sobre la quimioseñalización en humanos.

Los humanos tienen la capacidad inherente de interactuar de forma multimodal, en la cual, la comunicación por medio de la modalidad olfativa –a través de las secreciones corporales- es un campo de investigación emergente” (Semin y de Groot, 2013)

Los estudios que se están llevando a cabo en este área, de manera característica, se centran en el análisis de “mensajes olfativos” que nos transmiten información socialmente relevante, y en particular, aquella referida a los estados emocionales. Por ejemplo, estudios como el desarrollado por Lundström y Olsson (2010) sugieren que la quimioseñalización nos podría ayudar a inferir cuál es la emoción de otra persona cuando ésta presenta una expresión facial ambigua. En concreto, estos autores han encontrado que los marcadores químicos del miedo presentes en el sudor corporal pueden hacer que alguien expuesto a una expresión facial ambigua tienda a interpretarla como “temerosa”; sin embargo, tales señales olfativas no parecen influir en la percepción cuando los estímulos emocionales están más claros. No obstante, los bits de información social que recibimos a través de los receptores del epitelio olfativo no se agotan con los estados emocionales, sino que se extienden a otras áreas complejas:

Se ha encontrado que la detección de olores corporales humanos por el sentido del olfato está implicada en la señalización y recepción de una variedad de información socialmente significativa, como el género, la edad, las enfermedades, el estado reproductivo y el parentesco. Como algunos defienden, la comunicación social puede ser una de las funciones más importantes de la percepción quimiosensorial.” (Semin y de Groot, 2013)

En este sentido, una investigación reciente ha empleado técnicas de neuroimagen para analizar cómo reaccionaba el cerebro de un grupo de mujeres al olor de bebé, en función de que fueran madres o no.  Los resultados de este estudio avalan, en cierto sentido, la existencia de una comunicación química entre madres e hijos, actuando el olor a bebé sobre los centros de recompensa del cerebro de las madres.  Previamente otros estudios también habían incidido en la presencia de señales químicas. Por ejemplo, en uno de los más conocidos, sus autores concluyeron que las lágrimas de las mujeres contenían quimioseñales que se asociaban a una reducción del arousal sexual y los niveles de testosterona en los hombres.

Otra cuestión interesante es la del sustrato neurobiológico de esta modalidad de comunicación en los humanos. Según parece, estas señales químicas no serían  procesadas en las áreas cerebrales encargadas de interpretar los estímulos olfativos, sino en redes de neuronas encargadas del procesamiento de la información social. Además, se trata de señales que pocas veces llegan a ser interpretadas de forma consciente. En este sentido, Semin y de Groot (2013) plantean un mecanismo de “contagio emocional” automático, inducido a través de la quimioseñalización olfativa:

Un estudio reciente ha mostrado que el estado emocional de una persona (el “donante”) es reproducido por el “receptor” del olor de esa persona. Este estudio reveló que los olores obtenidos de donantes durante estados emocionales de miedo y repugnancia, inducidos experimentalmente, llevaron a los receptores de esos olores a activar vicariamente los patrones de reacción de miedo (apertura de los ojos, incremento del volumen de aire inspirado, alerta perceptiva, entre otros) y rechazo (fruncir el ceño y arrugar la nariz) de esos mismos estados emocionales”. (Semin y de Groot, 2013)

Los autores se refieren a este mecanismo como “proceso de simulación olfativa”, ya que el mensaje emocional “codificado” en la quimioseñalización es presumiblemente “descodificado” gracias a la “reproducción” o “simulación” de los patrones característicos de ese estado emocional por parte del receptor.

En definitiva, la quimioseñalización en humanos es un área de investigación en la que están produciendo notables avances, y sobre la que aún nos queda mucho por conocer. Lo cierto es que hasta ahora habíamos pensado que, a lo largo de miles de años de evolución, nuestro sentido del olfato prácticamente se había atrofiado; pero estos nuevos hallazgos revelan que aún cumple una importante función, y que esta función puede ser principalmente de orden social. De ser esto así, cada día estaríamos recibiendo ingentes cantidades de datos sobre los demás, a través de esta “quimiocomunicación” por vía olfativa. Y a menos que seamos como Jean Baptiste Grenouille, todos estamos participando en este juego comunicativo que, sin embargo, en la mayoría de las ocasiones nos pasa desapercibido. Comunicamos emociones a través de  partículas químicas, que funcionan como palabras en una conversación automática e inconsciente. En cierto modo, “respiramos” la tristeza, la ira, el miedo o la alegría. Y  tal vez también sentimientos más complejos y muchas veces “inexplicables”. No en vano, como ya intuyó Santiago Ramón y Cajal, en el fondo, el amor no es sino física… y química.

Foto de encabezamiento: Portrait of a man, por Gert Germeraad.

Referencias:

ResearchBlogging.orgLundström JN, & Olsson MJ (2010). Functional neuronal processing of human body odors. Vitamins and hormones, 83, 1-23 PMID: 20831940

Semin, G.R., & de Groot, J.H.B. (2013). The chemical bases of human sociality Trends in Cognitive Sciences, 17 (9), 427-429