Psicoterapia estoica

psicoterapia estoica “En ninguna parte un hombre se retira con mayor tranquilidad y más calma que en su propia alma” (Marco Aurelio)

La filosofía estoica está de moda. En una época en la que estamos sometidos a las más variadas fuentes de incertidumbre, ya sean interpersonales, emocionales, políticas, ideológicas, económicas, laborales o de cualquier otro tipo, son muchos quienes recurren a al consejo de Séneca, de Musonio Rufo y su discípulo Epítecto, o a las Meditaciones del emperador Marco Aurelio en busca de orientación y consuelo. Por ejemplo, el autor Nassim Nicholas Taleb recomienda acogerse a los principios estoicos para afrontar los “cisnes negros” que vamos encontrando, es decir, los acontecimientos que asumimos como altamente improbables pero que –de producirse- tienen un amplio impacto en nuestras vidas, como pueden ser la enfermedad, la ruina económica o una ruptura inesperada.  También en el ámbito de la psicología hay voces en el mismo sentido. Paul Broks, neuropsicólogo de la Universidad de Plymouth y autor de una obra ampliamente difundida en el ámbito anglosajón –Into the Silent Land: Travels in Neuropsychology- “confiesa” que en momentos de dificultades personales su elección ha sido la filosofía estoica. No en vano, el estoicismo es una filosofía para tiempos de crisis, y no deja de ser que curioso que este revival de la  ética de los últimos días del Imperio Romano se produzca en un momento en que muchas de nuestras premisas sociales se desmoronan. Como recoge Epicteto en su Enquiridión, cuando el terreno que uno pisa se vuelve inestable no está mal recordar que “no son las cosas las que atormentan a los hombres, sino los principios y las opiniones que los hombres se forman acerca de ellas” (Enq., 5).

Los estoicos -apunta Broks- fundamentalmente trataron de responder a la cuestión de cómo es mejor vivir. Y sus respuestas constituyen un verdadero manual para el manejo de las emociones negativas mediante el uso del pensamiento y la acción. Bien, suena mucho a Terapia Cognitivo-Conductual… de hecho el propio Albert Ellis ya en su Reason and Emotion in Psychotherapy afirmaba, casi con las mismas palabras de Epicteto –adaptadas al lenguaje de la psicología-, que nuestras emociones dependen de nuestras percepciones, actitudes y de las ideas que nos formamos sobre las cosas y eventos del “mundo exterior”, más que de las cualidades objetivas de tales acontecimientos. De la misma forma, Aaron Beck en su obra Cognitive Therapy and the Emotional Disorders manifestaba que son las ideas –y sobre todo las ideas inadecuadas- sobre los eventos que nos ocurren las que dan cuenta del malestar emocional, más que los hechos en sí mismos. Siguiendo el camino a la inversa, Jules Evans argumentaba en un artículo reciente en The Guardian que la generalización de la terapia cognitivo-conductual como tratamiento de elección estaba provocando de alguna forma que nuestra sociedad se esté volviendo más estoica. Las conexiones entre filosofía estoica y terapia cognitivo-conductual han quedado –por otra parte- bien documentadas en una obra reciente de Donald Robertson, The philosophy of cognitive-behavioural therapy (CBT): Stoic philosophy as rational and cognitive psychotherapy (puedes ver una interesante entrevista aquí).

Otro autor, el filósofo de la Wright State University (Ohio, USA) William B. Irvine (2009) nos ofrece una versión aplicada a la vida diaria de esta “psicoterapia estoica” en su obra A guide to the good life. En ella discute adecuadamente algunas de las concepciones erróneas sobre la filosofía estoica y sobre los estoicos, como por ejemplo, la idea de que eran personas en extremo serias y graves, enfrascadas en su mundo interior, o que eran poco propensos a darse alguna alegría. Más bien al contrario, el objeto de sus enseñanzas es proporcionar una vía para alcanzar una forma serena de ser feliz, a pesar de los vaivenes del mundo exterior. Y esto incluye hacer frente a las emociones negativas y a las situaciones que las provocan, tratando de transformar unas y otras en su contrapartida positiva, en la medida en que ello esté bajo nuestro control. Irvine nos ofrece cinco “técnicas psicológicas estoicas” para lograr este objetivo:

  1. La visualización negativa. Básicamente consiste en contemplar en la imaginación la posibilidad de perder las cosas que tenemos o que anhelamos, o de tener que separarnos de las personas a las que uno está vinculado. El objetivo de esta práctica no es otro que el de llegar a apreciar más, por contraste, todo aquello que ya tenemos aquí y ahora y que muchas veces nos pasa desapercibido. “¿Cómo sería mi vida si no tuviera aquello que puedo disfrutar cada día?” “¿Cómo sería si en ella no estuvieran las personas a las que queremos?” Son preguntas que los estoicos se hacían para hacerse conscientes de que, aún en las circunstancias más difíciles, hay muchos aspectos positivos que no valoramos lo suficiente porque los damos por asumidos…cuando en realidad lo cierto es que pueden ser momentos, relaciones, circunstancias o posesiones fugaces. El no saber disfrutar de ellas en el momento presente –según los estoicos- supone un empobrecimiento de la vida. La incapacidad para valorar los acontecimientos cotidianos, muchas veces sencillos, nos quita innumerables oportunidades de obtener una gratificación en el día a día. Pero además, hace que su pérdida –muchas veces inevitable- se vuelva más insoportable, ya que no estábamos preparados para echar en falta aquello que creíamos garantizado. Es una idea esta última que estaría en consonancia con algunos hallazgos de la psicología de la motivación, que ha encontrado que las pérdidas con un mayor impacto emocional son aquellas que se refieren a eventos positivos de intensidad moderada y prolongados en el tiempo a los que nos encontrábamos “habituados” (p. ej. tener salud, una relación afectiva duradera, etc). En definitiva, la práctica de la “visualización negativa” nos aportaría dos enseñanzas: una, apreciar cuanto se tiene; otra, asumir la naturaleza cambiante de cuanto nos ocurre en la vida.epicteto
  2. Gestionar adecuadamente las expectativas de control. Esta estrategia viene a representar la versión estoica de algunas de las premisas del enfoque transaccional del estrés de Lazarus y Folkman. En síntesis, en la vida encontramos eventos que caen fuera de nuestro control y que no podemos hacer nada por evitar o por cambiar una vez que se han producido. Otros acontecimientos, en cambio, son controlables y empleando nuestras capacidades podemos hacer cosas para transformar las circunstancias en las que se originan. Con respecto a los acontecimientos del primer tipo, no cabe la preocupación o la angustia, pues escapan de nuestra responsabilidad, y añadir ansiedad a lo inevitable sólo viene a complicar la situación. En estos casos, obsérvese la similitud con los modelos transaccionales del estrés, sólo podemos trabajar sobre algo que sí está bajo nuestro control: las emociones que nos causan esos eventos. Con respecto a los acontecimientos del segundo tipo –aquellos que son controlables- el estoico adopta una estrategia “centrada en la tarea”, como dirían los teóricos del estrés, y tratarían –en la medida de lo posible- de transformar las circunstancias negativas en otras más favorables. Hay que notar entonces que los estoicos en ningún caso –como a veces se cree- eran filósofos aislados del mundo, sino que consideraban su deber la transformación positiva de sus circunstancias y la mejora altruista de la vida de sus semejantes.
  3. Evitar vivir en el pasado, aceptar el presente y adoptar una actitud de apertura proactiva hacia el futuro. El pasado no puede cambiarse, escapa de nuestro control, y por tanto no tiene sentido preguntarse por cómo hubiera sido todo si en vez de unos acontecimientos hubieran ocurrido otros. Como Irvine sugiere, en cierto modo esta idea es el reflejo inverso de la “visualización negativa”: si en ella se trataba de visualizar qué cosas podrían ser ahora peor, evitar vivir en el pasado significa el rechazo a pensar cómo las cosas podrían haber sido mejor, algo que escapa ya a nuestro control y que sólo vendría a perturbarnos. Con respecto al presente, si por él entendemos “aquello que ocurre en este preciso momento”, está claro que se trata igualmente de un instante temporal que se nos escapa cada vez que tratamos de capturarlo de alguna manera, y que por tanto también nuestras posibilidades de control en este punto son limitadas. Sólo cabe, a la manera en que propugnan las terapias actuales basadas en mindfulness, aceptar y ser autoconscientes de este instante que constituye lo que llamamos “presente”. Finalmente, es el futuro donde tenemos en realidad un campo de acción más extenso… en él encontramos posibilidades que caen en la órbita de lo que podemos modificar y otras que son inevitables. Lo acertado entonces parece ser una mezcla de apertura ante los aspectos ineludibles y azarosos del futuro y de trabajo activo sobre aquellos otros que sí están bajo nuestro control.
  4. Entrenamiento y práctica. Los estoicos sabían que su modo de vida, aunque orientado a la búsqueda de la serenidad y la felicidad, no era sin embargo un camino fácil, y que requería –por otra parte como cualquier otro “arte”- de la práctica continua. En este sentido, proponían la realización de ejercicios que –sin llegar al ascetismo- sí suponían en alguna medida el autodominio y el asumir voluntariamente alguna que otra privación. Evitar alguna comodidad o la satisfacción de algún deseo, vivir como si hubiera ocurrido alguna pérdida material o incluso exponerse -de manera controlada- a circunstancias adversas y eventos displacenteros serían algunas de las maneras de prepararse para afrontar cualquier acontecimiento negativo que pudiera ocurrir. Se trata de una especie de “inoculación del estrés” mediante la cual se fortalecía lo que hoy llamaríamos su capacidad de “resiliencia”, es decir, su dureza frente a la adversidad.
  5. La práctica de la meditación. A diferencia de otras formas de meditación, como el mindfulness, la meditación a la que se refieren los estoicos tiene que ver con la reflexión personal sobre aquellos aspectos de la propia vida –o más concretamente, del día que uno ha tenido- en los que uno ha mejorado, y sobre aquellos otros en los que cabe una actuación más positiva. Es, en definitiva, un análisis del comportamiento propio y una valoración del grado en que se está más o menos cerca del manejo adecuado de las emociones negativas, así como de experimentar otras positivas como la tranquilidad o la alegría. De nuevo, siguiendo el consejo estoico, son el pensamiento y la razón las vías para una vida armónica.

No hay duda que hoy sabemos mucho más sobre nuestra vida emocional y nuestro funcionamiento cognitivo de lo que sabían los antiguos estoicos, pero si la pregunta es si ahora hemos logrado incrementar nuestro nivel de felicidad por encima del que ellos eran capaces de experimentar, posiblemente nuestra respuesta sea algo titubeante. Lo cierto es que en este último aspecto nuestros progresos no parecen haber llegado tan lejos como ha llegado nuestro grado de bienestar material, el desarrollo de nuestro sistema social o el dominio tecnológico sobre la naturaleza. Tan sólo en fechas relativamente recientes la psicología positiva ha enfocado su mirada en la tarea de incrementar los niveles de felicidad de la población. Por ello no deja de ser llamativo que en épocas de crisis sigamos recurriendo al consejo de personas que vivieron hace más de dos mil años y que lograron captar la naturaleza humana de tal forma que sus apreciaciones siguen en muchos aspectos vigentes hoy en día. Y es que, como afirma Irvine, los estoicos fueron unos de los psicólogos más perspicaces de la antigüedad.

Puedes leer una entrevista con William B. Irvine aquí.

Puedes seguir el blog de Donald Robertson sobre estoicismo y psicoterapia cognitivo-conductual “Stoicism and the Art of Happiness” aquí.

Referencia:
ResearchBlogging.org

Irvine, W.B. (2009). A guide to the good life: the ancient art of stoic joy Oxford: Oxford University Press

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