Aristóteles y la psicología positiva

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¿Le dirías a tu mejor amiga, que está a punto de asistir a una boda con su nuevo traje, que éste le queda horrible? ¿Elegirías ser honesto y decirle lo que parece una verdad evidente?… ¿O tal vez es mejor ser amable y, aunando todas tus capacidades de control de la expresión facial, sonreírle mientras pronuncias una mentira piadosa? Honestidad y amabilidad son ambas “fortalezas del carácter”, en términos de la psicología positiva. ¿Pero cómo se articulan en esta situación, donde ciertamente se encuentran en conflicto?

Barry Schwartz y Kenneth Sharpe son dos psicólogos, tal vez menos conocidos que otros como Martin Seligman o Robert Sternberg, que han realizado interesantes aportaciones al tema de las relaciones entre sabiduría, “fortalezas del carácter” y felicidad. Pero vayamos por partes. Una de las contribuciones más destacadas, dentro de la psicología positiva, es la identificación y clasificación de veinticuatro “fortalezas del carácter”, que se agrupan en torno a seis “virtudes”: sabiduría y conocimiento, valor, humanitarismo y amor, justicia, templanza y transcendencia (Peterson y Seligman, 2004). Su adquisición y puesta en práctica a lo largo de toda una vida tendría como resultado la felicidad, el crecimiento personal y la construcción de relaciones interpersonales saludables y significativas, aunque lo cierto es que tales virtudes y fortalezas no se contemplan como meros “instrumentos” para alcanzar estas “ventajas”, sino que serían algo intrínsecamente valioso. En este sentido, la psicología positiva las ha señalado como algo deseable, aunque Schwartz y Sharpe (2006) ponen de manifiesto algunas deficiencias en el modo en que los psicólogos se han referido habitualmente a las fortalezas del carácter. En concreto, hay tres aspectos que resultan especialmente problemáticos cuando se trata de llevar a efecto una conducta orientada según el listado de virtudes y fortalezas:

  • En primer lugar, está la cuestión de la relevancia: una situación concreta puede requerir de la puesta en marcha de una fortaleza en particular y no de otras. Y averiguar qué demanda cada circunstancia no siempre es fácil.
  • En segundo lugar, las fortalezas y virtudes a veces entran en conflicto. El caso planteado al inicio es paradigmático… ¿eliges honestidad o amabilidad? ¿susto o muerte? Actuar en base a una virtud puede ir en contra de otra.
  • Finalmente, un problema no menor es el de la especificidad, es decir, cómo se traducen unos principios u orientaciones que son generales, abstractos e intangibles en una acción concreta que afecta a personas reales en unas circunstancias determinadas.

Para solventar estas dificultades, Schwartz y Sharpe (2006) proponen incorporar el concepto aristotélico de phronesis o “sabiduría práctica” a la caja de herramientas de la psicología positiva. Pero ciertamente, no se trataría de una virtud entre otras, sino que tendría el papel fundamental de orquestar a las demás, articularlas para determinar qué es lo mejor que se puede hacer en una situación y establecer en base a qué principios actuar en cada situación. Se trata, por decirlo de alguna forma, de la “virtud maestra”, sin la cual las demás resultarían poco eficaces en la práctica y el camino hacia la felicidad sería errático. Aunque la phronesis se ha equiparado en muchas ocasiones a la “prudencia”, desde la óptica de Schwartz y Sharpe (2006) parece que tiene que ver más con el “discernimiento”, es decir, con el análisis y la reflexión sobre cómo moverse ante situaciones concretas, con el fin de distinguir qué actuaciones llevan a un mayor crecimiento personal y qué comportamientos podrían obstaculizar la felicidad propia y ajena.

Ahora bien, ¿cómo se adquiere esta “sabiduría práctica”? Siguiendo a Aristóteles, Schwartz y Sharpe (2006) sostienen que se trata de una virtud que puede aprenderse pero que no puede ser “enseñada”, al menos en un sentido académico o escolar. Tal y como afirman:

La sabiduría es producto de la experiencia. Uno llega a ser sabio enfrentándose a situaciones difíciles y ambiguas, usando su capacidad de juicio para decidir qué hacer, haciéndolo y reflexionando sobre ello. Uno llega a ser sabio practicando”.

Sin embargo, aunque la “sabiduría práctica” no pueda ser enseñada, sí que puede ser facilitada o, por el contrario, obstaculizada. De manera concreta, Schwartz y Sharpe (2006) sostienen que hay dos barreras importantes en la actualidad para esta forma de sabiduría, se trata de la presión por obtener resultados y de la burocratización (tal vez podría decirse, la “automatización”) de muchas áreas de la vida profesional y personal. La sabiduría práctica requiere tiempo para pensar y para conocer las circunstancias particulares en las que se desenvuelve la vida de alguien (o la nuestra propia); implica además cierta capacidad de análisis, para lo cual es fundamental pararse a escuchar, informarse, conocer en profundidad las situaciones, y también, hacer todo ello desde una perspectiva flexible y abierta. No menos importante, la sabiduría práctica implica una fuerte motivación por tratar de hacer lo correcto en cada situación. Pero estas circunstancias favorecedoras no siempre se dan, como señalan los autores con algunos ejemplos. Sería el caso de un médico sobrepasado por la cantidad de pacientes que debe atender a la hora o el de un maestro que ha de seguir un programa escolar excesivamente rígido y estandarizado. En ambos casos, es difícil que uno y otro puedan dedicarse a valorar lo específico de las circunstancias de sus pacientes y alumnos, respectivamente. Por ello, hay una conclusión que parece clara: si queremos disponer de personas más sabias, también necesitamos instituciones y organizaciones que lo sean.

El artículo de Schwartz y Sharpe es interesante no sólo por su contenido, sino también por la forma en que está escrito. Los autores combinan ejemplos concretos y sugerentes con otros conceptos abstractos propios de la filosofía aristotélica en que se basan, pero sin perder de vista el paradigma de la psicología positiva en el que se desenvuelve su argumentación. Las partes más densas desde un punto de vista conceptual se leen de manera accesible, sin que lo didáctico menoscabe el rigor. En cualquier caso, para aquellos que prefieran “ver la película” en vez de “leer el libro” –y también para quienes deseen ambas cosas- existe una charla TEDtalk en la que ambos autores, Schwartz y Sharpe, comentan y extienden muchas de las ideas que aparecen en su artículo, incorporando reflexiones como la siguiente:

Necesitamos desesperadamente, más allá, o además, de mejores normas y de incentivos razonablemente inteligentes, necesitamos virtud, necesitamos carácter, necesitamos gente que desee hacer lo correcto. Y, en particular, la virtud que más nos hace falta es lo que Aristóteles llamó la sabiduría práctica. La sabiduría práctica es la voluntad moral de hacer lo correcto y la habilidad moral de discernir qué es lo correcto”.

Referencia:

ResearchBlogging.orgSchwartz, B., & Sharpe, K. (2006). Practical Wisdom: Aristotle meets Positive Psychology Journal of Happiness Studies, 7 (3), 377-395 DOI: 10.1007/s10902-005-3651-y

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