Potenciando el ejercicio en mayores con obesidad

La obesidad es sin duda uno de los mayores factores de riesgo en el desarrollo de numerosos problemas de salud, pero la cosa se puede agravar aún más cuando hablamos de personas mayores, que constituyen un grupo de edad especialmente vulnerable. Realizar actividad física controlada es muy recomendable en estos casos; el problema es que ponerse en marcha, como muchas veces reconocen las personas que lo intentan, requiere mucha “fuerza de voluntad” y “constancia”… La formulación de intenciones de implementación, una técnica con la que se trata de potenciar el compromiso con el logro de un objetivo concreto, se ha empleado en el ámbito de la salud con eficacia demostrada. ¿Podría también ayudar a las personas mayores a incrementar su nivel de actividad y así reducir el riesgo que conlleva una vida sedentaria para el problema de la obesidad?

Con el objetivo de comprobar la eficacia de una intervención basada en la puesta en marcha de intenciones de implementación que promovieran la actividad física en mayores con obesidad, Bélanger-Gravel et al. (2013) han llevado a cabo un interesante estudio. En él reclutaron, principalmente mediante anuncios, una muestra de 101 voluntarios -60 mujeres y 41 hombres- con una media de edad de 59.4 años, a los que luego asignarían aleatoriamente a dos condiciones. Todos los participantes presentaban obesidad de clase I (IMC= 30.0-34.9) o II (IMC= 35.0-39.9). En la condición experimental (inicialmente, n=50) los participantes recibían instrucciones para formular intenciones de implementación encaminadas a promover la actividad física, en las que siguiendo el típico formato condicional (“Si ocurre…, entonces haré…”) las personas mayores especificaban en qué consistía su plan y dónde y cuándo tenían intención de llevarlo a cabo. Además, se les entrenaba también para formular intenciones de implementación con el fin de superar las posibles barreras que se iban a encontrar a la hora de poner en práctica sus planes, igualmente empleando el formato condicional “Si…, entonces…”. Por ejemplo, “si estoy demasiado cansado para hacer ejercicio, entonces daré un paseo para mantener la rutina”. Junto al entrenamiento en intenciones de implementación, se proporcionaba a los participantes algunas pautas y estrategias de otro tipo, habituales en intervenciones destinadas a promover hábitos saludables. Este último tipo de orientaciones era lo único que, por el contrario, se proporcionó al grupo de control (n=51 inicialmente). Por tanto, el grupo de control también recibía un cierto tipo de intervención –lo que facilitaría su adhesión al estudio- pero sin intenciones de implementación –lo que permitiría analizar si esta técnica contribuye a potenciar las recomendaciones habituales sobre buenos hábitos.

El formato de las intervenciones como tal era realmente sencillo; tan sólo constaba de 3 sesiones cara a cara, distribuidas en un período de 2 meses, en las que los participantes se reunían con un orientador que les proporcionaba las indicaciones oportunas en cada caso. Los participantes sin embargo desconocían en qué condición –experimental o control- se encontraban, empleando los investigadores un diseño de simple ciego. Se tomaron medidas de interés para el estudio en tres momentos, antes de la intervención (pre-test), justo al finalizar esta (post-test), y transcurridos seis meses desde su finalización (seguimiento). En especial, los investigadores proporcionaron podómetros a los participantes, mediante los cuales se podía medir de forma objetiva el número de pasos que éstos caminaban diariamente, lo que se tomaría como indicador del grado de actividad física. Además, se tomaron medidas relacionadas con la eventual pérdida de peso que se esperaba que produjese el programa de intervención, tales como el cálculo del índice de masa corporal y el perímetro abdominal. Inicialmente, los grupos experimental y control eran similares en términos generales.

Los resultados, que han sido publicados en el último número de Psychology and Health, indicaron la existencia de una interacción significativa entre el tiempo y la condición experimental, obtenida mediante la realización de un ANOVA mixto de medidas repetidas. Los participantes que recibieron el entrenamiento en intenciones de implementación aumentaron significativamente a los seis meses su nivel de actividad física, medida en términos de número diario de pasos caminados, lo que suponía un incremento del 23.7% en su nivel de actividad desde la línea base. Aquellos en el grupo de control, sin embargo, no habían aumentado significativamente su grado de actividad; y mientras que el incremento medio en el número de pasos diario en el grupo experimental fue de 1248, en el grupo control el aumento medio se quedaba en 714 pasos/días en el momento del seguimiento.

FigureImplementationIntentionsExerciseSin embargo, los resultados no revelaron ganancias adicionales en cuanto a la pérdida de peso para aquellos que habían sido entrenados en intenciones de implementación, indicando que esta estrategia no sería suficiente para lograr el objetivo de la pérdida de peso, más allá de la pérdida que se obtenía sólo con la intervención habitual que recibían los miembros del grupo control.

Tal vez este último resultado deja un cierto sabor agridulce, pero no por ello hay que dejar de destacar que la intervención basada en la formulación de intenciones de implementación conseguía que los participantes con obesidad se comprometieran más eficazmente con la realización de ejercicio físico, incluso una vez finalizado el período de sesiones de orientación cara a cara. Aunque se trata de una suposición que va más allá de los resultados y debe ser comprobada, quizá este mayor nivel de compromiso con la actividad física –si logra ser mantenido en el tiempo- acabe por traducirse efectivamente en una pérdida significativa de peso. O tal vez sea necesario dotar a las intenciones que se tratan de implementar con un contenido más apropiado para lograr la reducción de peso; es decir, tal vez la técnica funciona, pero el tipo de actividad física al que se ha aplicado no era lo suficientemente eficaz como para producir una pérdida de peso que arrojase diferencias entre los grupos. En cualquier caso, los autores del estudio reconocen algunas limitaciones de su investigación, como lo limitado del tamaño de la muestra, y más aún si se considera que en el seguimiento numerosos participantes se habían desenganchado ya del estudio, o el hecho de que se trate de una muestra de conveniencia. Pero también, como señalan los autores, el uso de podómetros como medida objetiva de la actividad física puede tener limitaciones, como por ejemplo el hecho de que no resulta informativa del tipo de actividad física realizada, su duración, frecuencia o intensidad.

En cualquier caso, desde la psicología –y en concreto con el empleo de técnicas como las intenciones de implementación- se puede llevar a cabo una interesante contribución en temas de salud. Si consideramos que muchos de los problemas de salud más extendidos en la actualidad tienen que ver con hábitos poco adecuados o conductas que incrementan el riesgo, está claro que intervenir sobre el comportamiento se puede revelar como uno de los abordajes más eficaces –y eficientes, dado su comparativamente bajo coste- para la promoción de la salud.

Puedes leer el texto completo de Bélanger-Gravel et al. (2013) aquí.

Referencia del artículo:

ResearchBlogging.orgBélanger-Gravel A, Godin G, Bilodeau A, & Poirier P (2013). The effect of implementation intentions on physical activity among obese older adults: a randomised control study. Psychology & health, 28 (2), 217-33 PMID: 23005579

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