¿La psicología en apuros?

Munch_The_Scream_PsychologyUna frase de Wittgenstein, escrita hace más de 60 años, sigue aún resonando en la actualidad. “En efecto, en psicología existen métodos experimentales y confusión conceptual” (Wittgenstein, Investigaciones Filosóficas). Cuando se lee, o cuando se lee algo que la trae a la memoria, aparece como si fuera una ventana emergente del ordenador, de forma súbita, cuando menos te lo esperas, como si fuera uno de esos avisos que da el anti-virus. Te crea la misma sensación de sobresalto. Y posiblemente también alerta de algún peligro. Luego, la “frase emergente” desaparece y queda en modo “residente”. Últimamente, este radar wittgensteiniano ha tenido ocasiones para activarse con más frecuencia de lo normal. Algunas veces ante artículos que hacen de la frase un diagnóstico certero, pero muchas otras más debido a cierto clima de cuestionamiento que hay en torno a la psicología. Por ejemplo, hace ya casi un año Lilienfeld (2012) se preguntaba por qué tanta gente es escéptica hacia la psicología y percibe que el estudio de la conducta humana no es “ciencia”. El debate sigue hasta ahora…en diciembre de 2012, Thomas Teo titulaba su artículo en American Psychologist enunciando que “La psicología es aún una ciencia problemática y el público lo sabe” (¡Nos han descubierto!-parecería que está implícito en la frase). Y hace tan sólo unas semanas, al hilo de los últimos escándalos y problemas de replicación de resultados, en un artículo publicado en The Chronicle of Higher Education se afirmaba que “la psicología puede encontrarse simultáneamente en el punto más alto y más bajo de su historia”.

En posts anteriores comenté acerca de las “malas artes” en la investigación en psicología, y también sobre las distorsiones que a veces afectan incluso a los estudios más –aunque no mejor- conocidos, como el de Phineas Gage. Sin embargo, hay autores que están apuntando también hacia un tipo de problema quizá de mayor calado en la investigación psicológica, y que no por ser un tema recurrente se trata de un tema resuelto. Es el tema central sobre cuál es el objeto de la psicología y su ubicación en el mapa de las ciencias. En relación a este tema, en un interesante post en su blog, Graham Davey se hacía eco recientemente de las luchas que todavía hoy en día han de sostener los psicólogos para hacer entender a los demás –desde estudiantes hasta científicos en ejercicio-, y a las instituciones, que la nuestra es una ciencia entre otras. Lo cual –como señala Davey- no está exento de implicaciones en el plano de la lucha por los recursos, cada vez más escasos, con que las diferentes disciplinas se han de sustentar.

Hace unos días, la “ventana emergente” con la frase de Wittgenstein se activó en mi ordenador en dos ocasiones. Pero no para señalar la presencia de un “virus” potencialmente dañino. Al contrario, esta vez indicaba la presencia de dos textos que arrojan cierta luz sobre el debate de qué es la psicología y sobre qué “objeto” trabaja. El primero de ellos, era un post de Patrick Nordbeck –un estudiante de postgrado de la Universidad de Lund- sobre la complejidad de los conceptos psicológicos que manejamos habitualmente, apuntando a la necesidad de asumir su carácter de construcción social. “La psicología –afirma- es la disciplina más difícil en la que habitar, porque contiene todos los diferentes tipos de existencias que existen”. Ciertamente, la explicación de la conducta humana incluye desde aspectos biológicos y cognitivos del individuo a elementos del contexto social en una interacción continua y dinámica; y para sorpresa de los estudiantes a los que alude Davey en su post, las cogniciones –aunque no sean tangibles y no sean reductibles a la biología que las sustenta- sí pueden ser objeto de una ciencia. Eso sí, de una ciencia compleja. Aquí apareció la segunda “ventana emergente”, un artículo de Jerome Bruner aparecido en 2012 en el International Journal of Educational Psychology.

En él, Bruner reflexiona sobre cuál debería ser el objeto de la psicología, haciendo parada en algunos episodios de su carrera como investigador que fueron clave para llegar a su idea actual sobre la mente humana.Así, sus estudios sobre la percepción le hicieron llegar a la conclusión en un primer momento de que esta se encuentra guiada por las hipótesis que hacemos sobre los estímulo a que estamos expuestos. Cuando presentaba a sujetos palabras por un breve espacio de tiempo en un taquitoscopio éstos “veían” lo que en cierto modo esperaban ver –p. ej. una palabra conocida cuando en realidad se habían presentado letras que no conformaban ningún vocablo. Pero más allá de esto, Bruner entendió que tales expectativas estaban fundamentalmente guiadas por la situación; y más aún , que nuestra percepción de lo que llamamos “situación” está cultural -simbólicamente- mediada. Así las cosas, una cultura determina qué es esperable y qué no es esperable que ocurra en una situación dada. Por ejemplo, como uno de los participantes le comentó, “uno no espera ver imágenes sucias en un laboratorio de Harvard”, en referencia a la sorpresa que causaban algunos de los estímulos que presentaba Bruner. Es decir, que algo tan básico como nuestra percepción del mundo se encuentra guiado por expectativas –elementos cognitivos- que han sido socialmente moldeados. Ello le llevó a contemplar la necesidad de incorporar el estudio del contexto social en la explicación del comportamiento humano. Como Bruner lo plantea,

¿Puede un psicólogo ignorar tales asuntos obvios en el estudio de la conducta humana? ¿Y toman estas consideraciones en cuenta nuestros métodos de investigación psicológica convencionales –el laboratorio, la entrevista convencional, los tests estandarizados y el resto-? (…) Nunca entenderemos la conducta humana simplemente estudiándola in-vitro o fuera de contexto, sin tener en cuenta el inquietante compromiso histórico que existe entre lo establecido y lo posible”.

O como también advierte…

El estudioso de la mente que ignore el contexto cultural que la mente requiere para operar efectivamente falla en hacer justicia a la naturaleza contextualizada de la actividad mental. Y describir la cultura sin considerar los límites impuestos por nuestras capacidades mentales es igualmente inhabilitante”.

Según Bruner, este contexto social tiene una naturaleza fundamentalmente narrativa, de ahí que –propone- sea una tarea de la psicología el análisis de los distintos “géneros narrativos” que operan en una cultura, o como hubiera dicho Wittgenstein, el análisis de los “juegos de lenguaje” que son propios de nuestra “forma de vida” humana. La confluencia entre Bruner y Wittgenstein era inevitable (por supuesto, la “ventana emergente” a estas alturas no sólo estaba activa sino enviando señales con destellos…). De hecho, Bruner cita entre sus ejemplos de lo que sería una psicología consciente del componente social presente en la cognición a Lev Vygotsky, a quien no en vano Toulmin consideraba el más wittgensteiniano de los psicólogos.

Reflexiones como las de Bruner –o en cierto sentido también la del propio Nordbeck- llaman la atención sobre cómo en la explicación de la conducta o de la mente humana es imprescindible tener en cuenta los aspectos biológicos y sociales; pero no de manera sumativa, sino que más bien es necesario entender que entre lo neuropsicológico, lo cognitivo y lo cultural-social existe un verdadero juego dialéctico. Pero también apuntan a la compleja “gramática”  de los conceptos que empleamos en psicología, es decir, a lo intrincado de las “reglas” que rigen el uso de palabras como “personalidad”, “emoción”, “dolor”, “actitud”, “inteligencia”, etc.

En este sentido, la claridad conceptual es un requisito si queremos que la psicología progrese como ciencia. Ello no implica que nuestros conceptos tengan que ser “simples”, ni tan siquiera implica que se refieran a “realidades objetivas” o que las representen a la manera de un espejo, sino que sepamos cómo usarlos correctamente y cuál es su “gramática” característica. Tal vez ese sea uno de los problemas que ha de encarar la psicología científica y -mientras permanezca irresuelto- la fuente de sus apuros: el análisis en profundidad de los conceptos que usa y que crea para entender y predecir el comportamiento.

Cuando la psicología ha tratado de equipararse a otras ciencias, por lo general ha optado por la vía de incrementar la sofisticación de sus métodos. De hecho, la formación metodológica en los curricula de psicología está posiblemente entre las más amplias y rigurosas, abarcando desde la medición de la respuesta electrodérmica hasta el análisis de complejas realidades sociales. El problema no son nuestros métodos; aunque sin duda sean mejorables, en general estos están bien. Al menos, tan bien como en cualquier otra parte. La tarea que más raramente hemos acometido es la de pulir adecuadamente la que debería ser nuestra mejor herramienta: el lenguaje que usamos. Sin conceptos claros, da igual la sofisticación de nuestros métodos. Como Wittgenstein afirmó: “La presencia del método experimental nos hace creer que ya disponemos de los medios para librarnos de los problemas que nos inquietan; cuando en realidad problemas y métodos pasan de largo sin encontrarse”. De hecho, establecer complejos diseños metodológicos, aplicar la última tecnología de diagnóstico o calcular las más rabiosas ecuaciones estructurales para el análisis de fenómenos mal definidos, vagos o confusos sería como tratar de cazar un fantasma.

En este sentido, por ejemplo, Gary Marcus se ha referido al abuso de las explicaciones “neuro-” (-economía, -política, -ética, etc. ) en su reciente artículo Neuroscience Fiction. En la base de este problema en concreto se encuentra un método complejo -las técnicas de neuroimagen- a partir del cual se extraen interpretaciones y conclusiones que van más allá de los límites que permite el estado actual de la técnica. Esto es un problema del uso de la técnica, pero también es un problema de desconocimiento de la “gramática” -las reglas de uso- de nuestros conceptos psicológicos, posiblemente más complejos que la propia técnica. Como sostiene Marcus,  “la solución no es abandonar la neurociencia por completo, sino entender mejor qué puede y qué no puede decirnos, y por qué.” Y de no ser así, tal vez se agudicen las ideas críticas en torno a la psicología… porque usar tecnología punta para cazar fantasmas se asemeja bastante a la retórica de las pseudociencias. Basta ver “Cuarto Milenio” para convencerse de ello ; -)

Puedes leer el artículo completo de Bruner aquí.

Referencia del artículo:
ResearchBlogging.orgBruner, J (2012). What psychology should study International Journal of Educational Psychology, 1 (1), 5-13