El estigma social obstaculiza la recuperación psicológica

StigmaMentalIllnessLa estigmatización de las personas con enfermedad mental es un problema persistente. Hace algo más de once años, la revista Psychiatric Services dedicaba un especial al tema bajo el título “El estigma como una barrera a la recuperación”.Y hace justo ahora un año, en un especial sobre cognición en trastornos neuropsiquiátricos de la revista Trends in Cognitive Science aparecía un artículo con un título prácticamente idéntico, “El estigma como barrera para la recuperación en la enfermedad mental”. Más allá de la coincidencia de los encabezados, lo realmente sorprendente es la coincidencia en las conclusiones que se presentan en los contenidos. No en vano, según afirma Wahl (2012), las cosas no han cambiado mucho en toda una década…y ello a pesar de todos los avances que, sin embargo, se han producido en nuestro conocimiento de la enfermedad mental, de la mejora en las técnicas de diagnóstico e investigación y de los avances en los tratamientos. ¿Estamos apuntando en esta cuestión a un objetivo incorrecto? Posiblemente.

El núcleo del problema, como ya identificara Goffman en su célebre obra “Estigma” (ed. Amorrortu), es el tema de la aceptación: las personas con enfermedad mental con frecuencia se enfrentan al rechazo, fruto del desconocimiento y los prejuicios sobre este colectivo. Y este es un tema fundamentalmente social. La mejora de la técnica o el progreso de la ciencia no van a hacer que el estigma desaparezca, aunque sí llama la atención que nuestra sociedad haya avanzado tanto este ámbito y los avances sociales sean sin embargo tan lentos. En este sentido, un estudio realizado por Muñoz et al. (2009) en la Comunidad de Madrid concluía así:

Las personas con enfermedad mental consideran que existe un gran desconocimiento de la enfermedad mental y un fuerte estigma centrado en los estereotipos de peligrosidad e incompetencia. Es más, se han llegado a sentir discriminados por el hecho de sufrir una enfermedad mental en distintas áreas de funcionamiento. Ello lleva a estas personas a anticipar el rechazo por parte de los demás, lo que les lleva por un lado al ocultamiento de la enfermedad, y por otro al aislamiento respecto a los demás. Estas dos formas de comportamiento se relacionan con las dos dificultades fundamentales que encuentran estas personas: las dificultades laborales y las referentes a las relaciones sociales (…) (Muñoz et al., 2009 p. 371).

Algunos datos aportados por Wahl (2012) inciden en las mismas ideas. Este autor se hace eco de una encuesta realizada en los EE.UU. en 2006 según la cual el 47% de los participantes señalaba que no les gustaría trabajar con alguien que tiene una depresión, mientras que el porcentaje se elevaba hasta el 62% cuando el hipotético compañero de trabajo era una persona con esquizofrenia. La creencia errónea que asocia enfermedad mental y violencia parecía estar subyaciendo en la base de tales respuestas.

¿De dónde procede entonces el estereotipo? Típicamente se han señalado varias fuentes; por ejemplo, un “clásico” en este sentido son los medios de comunicación. Según el estudio de Muñoz et al. (2009), cuando la enfermedad mental aparece en los medios el tono general tiende a ser negativo, con contenidos estigmatizadores en una cuarta parte de las noticias sobre la enfermedad mental crónica (Muñoz et al., 2009 p. 374). Pero tampoco debemos auto-engañarnos y atribuir la responsabilidad del prejuicio al mensajero. La raíz de la discriminación está muy arraigada en nuestras propias actitudes y comportamientos. Ya en un post anterior en este blog reseñaba un estudio donde quedaba patente lo fácil que es etiquetar a una persona como “extraño” a nuestro grupo social. Atribuirle rasgos negativos a ese “extraño” es sólo el segundo paso. La encuesta anteriormente mencionada nos muestra que sin duda los prejuicios sobre la enfermedad mental están considerablemente extendidos entre la gente “normal y corriente”. Incluso –como apunta Wahl (2012)- algunas explicaciones científicas, tal vez no adecuadamente comprendidas, conllevan un potencial estigmatizador; así, las explicaciones genéticas o biologicistas de la enfermedad mental podrían llevar a consolidar una visión excesivamente determinista sobre el desarrollo del trastorno y a la creencia de que la causa de la enfermedad está en el paciente, al que se atribuye un “defecto”.

Más aún, el mecanismo de la discriminación es sutil. Junto a la estigmatización directa que sufre la persona víctima del rechazo, se habla también de una estigmatización indirecta. En ella, el paciente concreto no es el objetivo directo de las conductas de rechazo, sino que tiene lugar cuando la persona, como cualquier otro miembro de la sociedad, contempla vicariamente casos de discriminación o accede a ideas negativas en circulación sobre la enfermedad mental. Pero también, al interiorizarse este discurso social, se llega a producir una auto-estigmatización, dañándose el autoconcepto y la estima personal del afectado.

Una consecuencia de especial relevancia –más allá del sufrimiento que conllevan el aislamiento social o el rechazo, o tal vez precisamente por ello- es que el estigma interfiere con las posibilidades de recuperación y rehabilitación de las personas con enfermedad mental. Por ejemplo, como ha señalado Deborah Perlick (2001) aquellos pacientes con síntomas depresivos que presentaban una mayor percepción de estigma al inicio del tratamiento tuvieron luego una peor adherencia a la toma de medicación. Y como advierte Wahl (2012), el temor al estigma puede hacer que personas que necesitan acceder a tratamientos psiquiátricos sean reacias a pedir ayuda, añadiendo a sus síntomas una fuente de estrés adicional ante su eventual categorización como “enfermos mentales”.  Así, el rechazo anticipado actuaría como barrera para la búsqueda del tratamiento adecuado y para el cumplimiento de las indicaciones terapéuticas una vez iniciada la intervención. Pero a ello se añade, debido a una estigmatización no sólo a nivel individual sino grupal, que en ocasiones estas personas disponen de menores posibilidades de apoyo social, al resultar también víctimas del estigma sus familiares, pareja o amigos. De acuerdo con Perlick (2012), existe evidencia suficiente para afirmar que el estigma afecta negativamente a la recuperación –tanto clínica como social- de personas con trastorno depresivo mayor, desorden bipolar o esquizofrenia.

A la vista de tales conclusiones, tal vez los intentos para reducir el estigma asociado a la enfermedad mental deberían contemplarse no sólo como una cuestión de ética social, sino como un verdadero objetivo terapéutico. Sólo que en este caso, la intervención no sólo se debe enfocar al paciente, sino también a algunos de los síntomas que presenta nuestra sociedad. A veces, como pone de manifiesto este video de la BBC, son las propias personas con enfermedad mental quienes mejor pueden llevar a cabo la intervención sobre las ideas estereotipadas de la sociedad…

Notas de una orquesta de músicos con trastorno bipolar [Video BBC Mundo]

Referencias:

ResearchBlogging.org

Muñoz M, Pérez Santos E, Crespo M, Guillén AI. (2009). Estigma y enfermedad mental. Análisis del rechazo social que sufren las personas con enfermedad mental. Madrid: ed. Complutense. Acceso al texto completo.

Perlick DA (2001). Special section on stigma as a barrier to recovery: Introduction. Psychiatric services (Washington, D.C.), 52 (12), 1613-4 PMID: 11726751 Acceso al texto completo.

Wahl OF (2012). Stigma as a barrier to recovery from mental illness. Trends in cognitive sciences, 16 (1), 9-10 PMID: 22153582 Acceso al abstract.