¿Desear la felicidad te puede hacer infeliz?

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No hay mayor desgracia que ser insaciable (Tao Te Ching, cap. 46)

Las paradojas son frecuentes en el comportamiento humano. Intenta no pensar en un oso blanco mientras lees este artículo. ¿Crees que podrás conseguirlo? Pues bien, parece que estas paradojas no se dan únicamente cuando intentamos suprimir algo de nuestra mente, con lo que sólo logramos intensificar su presencia; sino que también se producen, en sentido inverso, cuando deseamos que algo se haga presente. La paradoja en este caso es que cuanto más perseguimos algo más se nos escapa. Al menos así parece ocurrir con el deseo de ser feliz. Según una investigación llevada a cabo por Mauss et al. (2012) y publicada en la revista Emotion, valorar y desear la felicidad intensamente podría tener algunas consecuencias negativas, como el incremento de los sentimientos de soledad. En definitiva, el deseo de ser felices nos podría llevar a ser más infelices.

La investigación de Mauss et al. (2012) consta de dos partes. En el primer estudio participaron 206 individuos (58% mujeres) de entre 20 y 60 años que rellenaron un cuestionario en el que se trataba de evaluar cuánto valoraban la felicidad. Además, participaron en un estudio de diario, mediante el cual a lo largo de dos semanas se les pedía que identificaran un momento estresante del día y con qué intensidad se había sentido solos/as durante ese evento. Los datos obtenidos fueron sometidos a un análisis multinivel y los resultados pusieron de manifiesto que –tras controlar diversas variables sociodemográficas y referentes al estado de ánimo- cuanto más valoraba la felicidad el participante más sólo se sentía durante el acontecimiento estresante del día, confirmando así lo esperado por los autores.

El segundo estudio que realizaron Mauss et al. (2012) era de naturaleza experimental. Si anteriormente habían llegado a la conclusión de que desear intensamente la felicidad se asociaba a mayores niveles de soledad, ahora querían esclarecer la dirección de la causalidad. La hipótesis de los autores es que el alto grado de valor que se da a la felicidad es lo que conduce a la sensación de soledad. Para determinar si esta suposición es correcta, midieron mediante autoinforme los niveles de soledad de 43 mujeres con una media de edad de 20 años a las que habían hecho visualizar un video afectivamente neutro. Además –con el mismo fin de establecer una línea base- tomaron muestras de saliva de las participantes, en las que analizaron los niveles de progesterona. Esta hormona se ha encontrado previamente que se asocia a la soledad, siendo que los mayores niveles de progesterona serían indicativos de menos sentimiento de soledad. Tras establecerse estas medidas iniciales y otras que se tomaron como control, las participantes fueron asignadas aleatoriamente a dos condiciones. En una de ellas –grupo experimental- se les trataría de inducir el deseo o una alta valoración de la felicidad, en la otra –controles- se realizaba una intervención alternativa. Así, si las participantes se encontraban en el grupo experimental, debían leer un artículo en el que se ensalzaban los beneficios que ser feliz tiene el ámbito social, en el éxito profesional, en la salud o en el bienestar personal. Las participantes del grupo control leían el mismo artículo, pero en él la palabra “felicidad” se había cambiado por otra. Seguidamente a estas tareas, ambos grupos visualizaban un video de 35 minutos diseñado para activar aspectos relacionados con la afiliación y la intimidad, tras lo cual se pedía a los participantes que reportaran de nuevo sus niveles de soledad y que aportaran una nueva muestra de saliva. Los resultados obtenidos por Mauss et al. (2012) pueden verse en la figura adjunta. Los análisis de varianza realizados apuntaron a que aquellas participantes a las que se había inducido una mayor valoración de la felicidad se sentían más solas, tanto a nivel subjetivo (autoinforme) como fisiológico (menores niveles de progesterona).

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¿Cómo se pueden interpretar estos resultados? Parece que hay al menos dos puntos clave. En primer lugar, puede ser que el mayor deseo de felicidad no haga sino evocar en la persona mayores niveles de soledad. Los autores no explicitan cómo ocurriría esto, aunque es posible plantear que las personas para quienes la felicidad es un objetivo muy saliente, también sean mucho más conscientes de la distancia que aún los separa de conseguirla, volviéndose entonces también más salientes aspectos negativos como la soledad. Pero los autores se centran sobre todo en una interpretación más social, refiriéndose al concepto de felicidad que es dominante hoy en día en la cultura occidental. La felicidad, en gran medida, la estamos definiendo en términos de resultados personales, y “ser feliz” es básicamente “sentirse feliz”. En nuestra cultura, la felicidad es una experiencia individual, subjetiva y en cierto modo “egocéntrica”, es una “ganancia personal”. Y según Mauss y sus colaboradores, quienes persiguen esta felicidad entendida como ganancia personal podrían llegar a estar más preocupados por sí mismos y cada vez menos por los demás, lo que podría debilitar la conexión con otras personas y llevar a mayores sentimientos de soledad. Sin duda, se trata de una interesante hipótesis, aunque obviamente necesita mucha más investigación para poder ser asumida como cierta. Pero de entrada esta interpretación que hacen los autores tiene el valor de introducir una cuestión ciertamente filosófica -¿cómo definimos la felicidad?- a partir de un estudio empírico, y de introducir una pregunta social -¿cómo la define específicamente nuestra cultura?- a partir de una investigación focalizada en la psicología individual.

Puedes acceder al artículo de Mauss et al. (2012) aquí.

Referencia del artículo:

ResearchBlogging.orgMauss, I., Savino, N., Anderson, C., Weisbuch, M., Tamir, M., & Laudenslager, M. (2012). The pursuit of happiness can be lonely. Emotion, 12 (5), 908-912 DOI: 10.1037/a0025299

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